El fin de la paz administrada

Follow News Sensei
El fin de la paz administrada
Imagen generada por IA.

La tregua que llamamos globalización se desvanece, el mundo se reorganiza en nuevos bloques de poder y México parece seguir leyendo el presente con las reglas de la época que termina.

Al terminar la Guerra fría, buena parte del mundo creyó haber encontrado una forma de apagar sus viejos impulsos bélicos: comerciar más, invertir más, depender unos de otros. A eso le llamaron globalización. La idea era que si las economías se entrelazaban lo suficiente, la guerra perdería su lógica de destrucción unilateral, pues destruir al adversario significaría también destruir una parte de la propia prosperidad.

Durante décadas, pareció funcionar. El comercio mundial se disparó, el capital y la tecnología cruzaron fronteras a una velocidad inédita y antiguos rivales comenzaron a integrarse en un mismo sistema económico global. La prosperidad parecía capaz de hacer lo que la diplomacia nunca había conseguido: reducir la rivalidad entre las grandes potencias.

El avance comercial transfronterizo reforzó una confusión: que hacer negocios juntos significaba querer el mismo mundo. La integración no borró las rivalidades, la interdependencia no frenó a quienes aspiraban a redibujar fronteras y la prosperidad no hizo que las grandes potencias compartieran un mismo rumbo.

Aquel optimismo descansaba, además, sobre una premisa que se daba por sentada: Estados Unidos seguiría sosteniendo las alianzas y las garantías de seguridad que mantenían en pie el sistema.

Lo que emerge hoy no es un mundo sin reglas ni uno gobernado únicamente por la fuerza. Es uno híbrido, en el que la seguridad y el poder vuelven a disputar al mercado la última palabra. Ya no basta con preguntarse dónde es más barato producir: importa también de quién se depende y qué ocurriría si ese socio se convierte en adversario.

La disputa por el poder no solo cambia las relaciones entre los países: también transforma las reglas con las que intentan cooperar. Las instituciones que promovían la apertura comercial conviven, cada vez con más fricción, con políticas que buscan proteger aquello que un país necesita para funcionar y defenderse. Lo que antes se celebraba como una conexión con el mundo ahora también se examina como una posible vulnerabilidad.

No se trata necesariamente de abandonar el intercambio, sino de evitar que la dependencia se convierta en obediencia. En sentido contrario a lo que era una convicción central de la globalización, se asume que abrirse más no siempre significa estar mejor protegido.

Durante décadas, Washington protegió las rutas marítimas, mantuvo una red de alianzas, ofreció acceso a su mercado y encabezó instituciones internacionales porque consideraba que ese orden, diseñado en buena medida por él mismo, favorecía sus intereses. Asumía los costos de un mundo abierto y relativamente estable para beneficiarse de su prosperidad y conservar su influencia.

El resto del mundo terminó dando por sentado ese compromiso. Sin embargo, ninguna superioridad militar o económica garantiza por sí sola la voluntad de mantenerlo. Lo que parecía una condición permanente del mundo era, en realidad, una decisión política.

Las certezas que permitían anticipar el comportamiento de las grandes potencias se están desvaneciendo. Un mismo país puede ser socio comercial, competidor tecnológico y amenaza militar. Ya no basta con que exista un compromiso: importa saber cuánto durará, qué costo se está dispuesto a pagar por sostenerlo y si sobrevivirá a las ambiciones del próximo gobernante.

En otros momentos de la historia, estas transiciones encontraron una salida en el ascenso de nuevas potencias, en acuerdos entre adversarios o en crisis que obligaron a redefinir las reglas de la convivencia mundial. Hoy, ninguna de esas vías parece ofrecer una base suficientemente firme y aceptada para un nuevo orden. Lo viejo pierde autoridad sin que surja una alternativa clara que ocupe su lugar.

Ese cambio se observa con claridad en la nueva función que se le exige a la integración económica. Una cadena de suministro eficiente puede ser un problema si depende de un rival; una tecnología barata puede tener un costo estratégico si deja sectores enteros bajo control extranjero. La integración ya no se mide únicamente por la riqueza que produce, sino también por la seguridad que ofrece, la capacidad de resistir crisis y el margen de maniobra que conserva cada país. La interdependencia dejó de verse solo como una fuente de eficiencia y empezó a entenderse también como una fuente de riesgo.

El nuevo mapa empieza a dibujarse alrededor de dos grandes centros de gravedad: Estados Unidos y China. No son bloques cerrados como los de la Guerra fría, pero sí espacios de poder cada vez más reconocibles. Rusia e Irán gravitan hacia Beijing; Europa permanece anclada a Washington, aunque recuperando autonomía militar; América Latina gira, en términos generales, hacia gobiernos de derecha y una relación más estrecha con Estados Unidos, con México y Nicaragua como excepciones visibles y con Brasil como una pieza que podría terminar inclinando aún más el tablero hacia Estados Unidos. India ocupa una posición distinta y quizá más inteligente: es el gran país bisagra, capaz de acercarse a Washington sin romper con Moscú y de comerciar con China sin quedar atrapado en su órbita. Los países seguirán comerciando con sus adversarios; lo que ya no están dispuestos a hacer es poner en sus manos aquello de lo que depende su seguridad.

Por eso el rearme ha dejado de ser una excepción para convertirse en uno de los signos de la época. Europa aumenta su gasto militar y busca depender menos de la protección estadounidense. Japón empieza a dejar atrás las restricciones militares que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial: eleva su presupuesto de defensa, desarrolla capacidad de contraataque y adquiere armas de mayor alcance ante el crecimiento del poder chino y la amenaza norcoreana. Ante una China cada vez más poderosa, Taiwán, Australia y varios países del Sureste Asiático se refuerzan, reajustan sus estrategias, alianzas y presupuestos de defensa.

Incluso Medio Oriente empieza a cambiar de lógica: las monarquías del Golfo, que durante años procuraron mantenerse al margen de la confrontación entre Israel e Irán, empiezan a asumir que ya no pueden delegar por completo su seguridad ni permanecer como simples espectadores. El mapa se endurece. La geografía, que la globalización parecía haber vuelto secundaria, regresa al centro de la historia.

El mayor peligro no es una guerra que alguien decida comenzar, sino una que nadie consiga detener. Una crisis en Taiwán, el mar de China Meridional, el golfo Pérsico o el mar Negro podría iniciar una cadena de respuestas que terminara mucho más lejos de donde empezó. Y ni siquiera tendría que comenzar con un disparo: un ciberataque, el bloqueo de un mineral crítico, una ofensiva contra infraestructura energética o una disputa tecnológica podrían escalar hasta convertirse en un conflicto mayor. Cuando disminuye la confianza entre las potencias, cada movimiento se interpreta como una amenaza y cada respuesta corre el riesgo de parecer insuficiente.

Y aquí aparece una paradoja inesperada: un mundo dividido en bloques puede ser más áspero, más injusto y menos libre, pero también más predecible que uno en el que nadie sabe dónde terminan los límites. Cuando una gran potencia considera que cierta región forma parte de su zona de seguridad y que la intervención de otra potencia allí cruza una línea roja, los países pequeños corren el riesgo de ver limitada su propia libertad de decisión. Quizá el del futuro no sea un planeta cada vez más integrado, sino uno en el que las grandes potencias vuelvan a aprender hasta dónde pueden avanzar antes de tocar el nervio del otro. No sería un orden más noble, pero sí uno con fronteras más visibles.

Ese mundo más fragmentado también tendrá consecuencias dentro de los países. Protegerse cuesta: duplicar cadenas de suministro, producir más cerca, restringir tecnologías, gastar más en defensa. Todo eso puede ser necesario, pero también vuelve más difícil sostener el crecimiento y repartir prosperidad. Y cuando la prosperidad se vuelve incierta, la gente se vuelve más impaciente.

Durante décadas, las instituciones democráticas lograron contener buena parte de esas pulsiones. Pero hoy, en demasiados lugares, esas instituciones empiezan a erosionarse. El riesgo no está en que la izquierda sustituya a la derecha o la derecha a la izquierda, sino en que cada extremo llegue convencido de que, para salvar al país, primero tiene que desmontar los límites que contienen su propio poder.

México insiste en leer el presente con el manual de un mundo que desaparece y sigue comportándose como si su geografía fuera negociable. Mientras el mundo se prepara para una etapa de mayor incertidumbre y complejidad, nuestras fábricas, exportaciones, cadenas productivas y buena parte de nuestra posibilidad de prosperar siguen profundamente entrelazadas con Estados Unidos.

En el mundo que viene, alinearse no será una simple declaración de amor ideológico, sino una decisión de interés y seguridad nacional. México puede comerciar con China, dialogar con Rusia y mantener una política exterior propia; lo que no puede hacer sin pagar un precio es fingir que está a la misma distancia de todos.

Y ahí comienza también la irresponsabilidad de la presidenta Sheinbaum: tiene que responder ante los mexicanos, no ante las cuestionables lealtades heredadas de su antecesor. Si proteger el supuesto legado del expresidente López Obrador termina pesando más que preservar los intereses del país, México corre el riesgo de convertirse en el escudo de una facción.

La soberanía no se mide por la terquedad de un discurso, sino por la capacidad de proteger a quienes terminarán pagando las consecuencias de las decisiones del poder. Esa es, al final, nuestra elección: encontrar un lugar propio en el complejo mundo que viene o quedar atrapados en las lealtades del mundo que se va. ~

Texto publicado originalmente en Letras Libres.